LA FAMILIA DE ORIGEN Y LA NIÑEZ ROBADA 2

UNO MENOS

Salvador Farfán Infante

Desde pequeño, el padre se encargó de hacerlo hombre. Se lo llevaba con los amigos al futbol y le enseñó las cosas que todo hombre debe saber en la vida, por lo menos eso decía él. “¡Los hombres se hacen a golpes!”, solía decir su padre. Y así lo educó. No hubo tregua para el pequeño, fue criado con el más estricto apego a las creencias de un padre que se sentía patriarca. El pequeño Salvador creció rodeado de carencias y esperanzas no cumplidas. Le gustaba mucho la escuela, hubiera querido seguir estudiando, pero siguiendo los pasos del padre quien se lo llevaba a la chamba desde que Chavita tuvo edad– acabó por dejar la escuela para contribuir al gasto de la casa.

De niño fue testigo mudo del maltrato que su padre ejercía sobre su madre, nunca se atrevió a intervenir por miedo al padre, aunque no hubo noche que no se arrepintiera de no hacerlo. En las tardes, después de llegar de la chamba, se daba

sus mañas para jugar con sus juguetes –restos de un caballo de palo, un yoyo encordado y un balero gastado en silencio, a sabiendas de que si su padre lo descubría, arremetería contra él y sus juguetes, gritándole que eso era cosa de maricas, que si no se había cansado, había más trabajo por hacer. Su sensibilidad infantil fue marcada por la descalificación. A veces se la pasaba mirando por horas a su padre sentado en el poyo del zaguán, sin que él lo notara; lo veía fumando sus cigarros sin filtro, escupiendo las virutas del tabaco que quedaban atrapadas en sus labios, tratando de descifrar la impavidez de su rostro con la esperanza de encontrar, en medio de sus arrugas, una mueca de amor. Nunca la halló. Por el contrario, un día que tuvo una riña callejera, el padre le propinó una segunda tunda por haberse dejado pegar por otros niños de la cuadra. Chavita se tupió unos tragos de “orgullo viril” y en su próxima visita al cuadrilátero  pese a su miedo, sudor y angustia  al golpear al otro, su corazón acelerado pudo sentir por primera vez la sensación de triunfo, porque se atrevió a enfrentar al contrincante

pese al miedo que sentía.

Salvador tenía 17 años cuando su padre murió de cirrosis alcohólica y en el lecho de muerte le dijo que era el hombre de la casa y tenía que cuidar a su madre y a sus hermanas. Tuvo que hacerse cargo de la familia, lleno de terror ante su nueva

función y sólo supo hacerlo como lo aprendió del padre, controlando a sus hermanas y prometiendo compensar a su madre. Así se convirtió en el jefe de la manada. Su virilidad terminaría de forjarse a través de muestras de poder y pleitesía.

Dos corazones, uno de mujer y uno de hombre, iguales en su forma y capacidades, pero muy distintos en sus lenguajes. El comportamiento y las actitudes de uno frente al otro es lo que marca la diferencia. Ambos corazones fueron criados de formas muy diferentes; desde la infancia empezaron a ser encaminados hacia tipos muy distintos de identidad de género; ambos fueron acariciados en forma distinta; los vestidos, los juguetes y los juegos propios de cada sexo estimularon el desarrollo de actitudes diferentes con respecto a sí mismo y a los demás. La manera en que cada uno se da cuenta de quién es, Cómo es y qué actividades puede realizar, casi siempre empieza en la familia. Ambos corazones, desde el día de su nacimiento, fueron convocados a tomar caminos muy específicos de acuerdo con el sexo con el que vinieron al mundo. El incipiente corazón de ella fue educado para amar, mientras que el pequeño corazón de él fue requerido para mandar  y ambos para aguantar. Y todo esto de acuerdo con las “sagradas verdades” de los sistemas sociales en los que vivimos, como son las buenas costumbres y las tías; las tradiciones y las amigas; la cultura y la escuela; la iglesia y la abuela, además de las creencias, el programa de la tele y el “qué dirán”; en fin, cada sociedad tiene sus propias formas y rostros para dictar cómo debe ser un (gran) hombre y cómo debe ser una (buena) mujer.

En principio, el desarrollo de la identidad genérica está directamente influido por una organización parental asimétrica. En la mayoría de las familias, el padre es quien asume el papel de progenitor principal como proveedor mientras que la madre juega el rol del progenitor secundario –la encargada de la crianza de los hijos. Estas diferencias no serían un problema si no fuera porque esta asignación atributiva de funciones, valores, deberes, responsabilidades y formas de comportarse también supone una asignación distributiva del poder. Basada en supuestos implícitos, esta “lógica atributiva” de la feminidad y la masculinidad tiene como consecuencia una “lógica distributiva injusta” del poder y esta desigual distribución del ejercicio del poder conduce a una asimetría relacional entre hombres y mujeres, y no sólo en la organización parental, sino en prácticamente todas las relaciones heterosexuales.

Esto es así porque la cultura ha legitimado la creencia en la posición superior del varón: el poder personal, la autoafirmación o ser protagonista es el rasgo masculino por antonomasia. Ser varón supone tener el derecho a mandar, independientemente de cómo se ejerza ese derecho. La cultura patriarcal niega ese derecho a las mujeres, que deberán entonces (si pueden) conquistarlo. Por su parte, la construcción de la identidad femenina en una sociedad patriarcal está muy ligada a la idea del “amor romántico”, que con su carga de altruismo, sacrificio, abnegación y entrega, refuerza una actitud de sumisión.

Fuente: Violencia Familiar y Adicciones. CIJ