DESPIDE MARUSIA MUSACCHIO A SU PADRE

Ciudad De México 6 noviembre 2026.- Colegas, amigos e instituciones culturales se han sumado a las condolencias por la muerte del historiador, editor y periodista Humberto Musacchio, fallecido la noche del miércoles a los 83 años. Su hija, la internacionalista Marusia Musacchio, evoca al profesional y al padre.

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 Mi padre nació en Ciudad Obregón, Sonora, el 26 de noviembre de 1943. Fue palero de circo, vendedor de lavadoras, burócrata, activista político, enciclopedista y, como es bien sabido, periodista. Mi padre hizo de todo. Tuvo que hacerlo. Era hijo de un inmigrante italiano que había huido de la pobreza de aquel Éboli que retrató Carlo Levi. Pero la tuberculosis, que no distingue entre quienes llegan y quienes se quedan, lo dejó huérfano de padre a los cuatro años y de madre a los siete.

 La orfandad lo llevó a repetir la historia de su padre. Junto con sus tres hermanas emigró de Guadalajara a la Ciudad de México, donde pasó buena parte de su infancia y adolescencia de vecindad en vecindad. Conoció la pobreza de cerca y nunca dejó de tomar partido por quienes la padecían. Quiero pensar que aquellos años recorriendo las calles del Centro Histórico también sembraron algunas de sus grandes pasiones: el Taller de Gráfica Popular, el muralismo y el patrimonio arquitectónico de la Ciudad de México. La ciudad que le mostró las caras más duras de la escasez también le descubrió la riqueza del arte mexicano.

 En el periodismo encontró, quizá, una forma de ajustar cuentas con los demonios de su infancia. Dueño de un dominio extraordinario del español, cargó su pluma de jiribilla -y no pocas veces de veneno- para poner en ridículo, semana tras semana, a cuanto político robara, corrompiera o simplemente incumpliera con su deber. México, siempre tan generoso en esos rubros, le proporcionó una fuente inagotable de agravios sobre los cuales descargar su mordacidad.

 Con sus principios era testarudo hasta la obstinación. Defendía sus ideas y la libertad de expresión sin admitir concesiones. Salió de La Jornada enemistado con Carlos Payán, quien, según mi padre, había incumplido el acuerdo de que Miguel Ángel Granados Chapa sería el segundo director del periódico. En un momento en que México sólo existían caciques intelectuales, tuvo la valentía de no pertenecer a ningún grupo. Pagaría el precio por su independencia.

 Esa misma terquedad que lo hacía admirable como periodista podía volverlo desesperante como padre. En una ocasión, acusó de plagio a uno de mis profesores universitarios desde su columna. Lo llamé para pedirle que dejara de echarle leña al fuego. Su respuesta fue tajante: «Con los principios no se negocia». Pasé el resto del semestre frente a aquel profesor, aprendiendo el costo de los principios.

 Del otro lado de ese carácter difícil había una persona llena de magia. Su amor por los libros me abrió las puertas de reinos insospechados. Cada vez que podía me decía que no dejara de leer tal o cual novela. Compraba libros como el resto de nosotros compra pan. Llegó a tener tantos que terminaron por invadir la casa entera, para enorme disgusto de las distintas parejas con las que compartió su vida y de mis hermanos, Aldo y Natalia. Había libros en la cocina, sobre las mesas, en el piso, encima de las camas. Su célebre columna, La República de las Letras, la escribía sentado, de hecho, ante un escritorio flanqueado por dos torres de recortes de periódicos y libros.

 A pesar de haber dirigido el suplemento cultural del Unomásuno y El Universal; participado en la fundación de La Jornada y El Machete; dirigido Comala y Mira; y colaborado en Reforma, Siempre! y Excélsior, entre muchas otras publicaciones, mi padre nunca recibió el Premio Nacional de Periodismo ni fue objeto de grandes homenajes. Para ser honestos, no respetaba mucho los premios y le incomodaba la atención. «Lo detesto» era su respuesta habitual ante las formalidades. Hoy, al ver las páginas de los principales periódicos del país dedicadas a su memoria, no puedo evitar preguntarme qué habría pensado. Seguramente me habría repetido una de sus máximas: «El periodista nunca debe ser noticia».

 Humberto olvidaba los cumpleaños, confundía las fechas y no era raro que se comprometiera a estar en dos lugares a la misma hora. Como padre siempre me exigió y mucho. Me exigió a comprometerme con mi entorno, a leer la prensa para entender el mundo, a no olvidar nunca la responsabilidad que acompaña al privilegio, y, sobre todo, a escribir con claridad. «Un verbo por oración, Negra», me repetía. Como buen pensador, era maravillosamente complejo. Nos peleamos, nos reconciliamos, bailamos mucho, comimos más, y sobre todo, nos quisimos hasta la médula.

 Fue él quien me hechizó con las palabras y los libros, quien en mi infancia se sentaba a ver béisbol conmigo y quien, como solía decir, me había elegido a una sabia entre sabias como mamá. Era un padre cariñosísimo que me hacía pensar que yo podía hacer cualquier cosa, incluso vivir en China. De niña me arrullaba con «Duerme, duerme, negrita» hasta que me perdía en mis sueños. Muchos años después, haría lo mismo con mis dos hijas.

 Descanse en paz Humberto Musacchio, uno de los gigantes del periodismo mexicano. Y descanse en paz el padre de esta Negra, su Negrita, que lo extrañará siempre.