Agencia Reforma
Ciudad de México 16 junio 2026.- Manuel Enríquez (1926-1994), el compositor que rompió con el nacionalismo y fundó el Foro Internacional de Música Nueva, sigue poco interpretado.
El centenario de su nacimiento evidencia la paradoja: sacó a la música mexicana del nacionalismo de Carlos Chávez, salvo por un puñado de obras, pero se le programa rara vez en las salas del País.
«Si podemos decir que Carlos Chávez llevó ese sonido mexicano a muchos lados con su Sinfonía India, Manuel Enríquez trajo todos los del mundo a la música mexicana», asienta el director Benjamín Juárez Echenique, quien lo trató de cerca durante décadas.
Es una comparación que considera inevitable al situarlo en ese momento en el que la historia musical deja atrás el nacionalismo para adquirir un lenguaje cosmopolita.
El compositor nacido el 17 de junio de 1926 en Ocotlán, Jalisco, mantuvo vínculos con toda América Latina, con Nueva York, donde estudió en Juilliard y trabajó en privado con Stefan Wolpe, que lo introdujo en el serialismo. Más tarde sumó la electroacústica en Nueva York y París, y las técnicas extendidas para violín.
Enríquez incorporó esos aprendizajes, añade, en un lenguaje «cosmopolita y experimental», hecho de notación gráfica, aleatorismo controlado y cintas magnéticas, que rompió con el nacionalismo tradicional de la Sinfonía India de Carlos Chávez o el Huapango de José Pablo Moncayo.
Aun así, advierte Juárez Echenique, ese giro no borró sus raíces: en las obras más experimentales asoma todavía un gesto que suena mexicano. Su música se escuchó en Berlín, Moscú, París, Praga, Roma y Tokio, y fue de los contadísimos latinoamericanos programados en Donaueschingen.
Su poder institucional ha alimentado una leyenda. El musicólogo uruguayo Coriún Aharonián, en la nota necrológica que publicó en 1994, lo retrató como una figura llena de contradicciones que, tras la caída de Chávez en 1973, ostentó durante años el mayor poder musical del País. Pero Juárez Echenique no comparte esa lectura.
«Manuel nunca tuvo el poder que tuvo Carlos Chávez», asegura. «(Enríquez) tuvo en sus manos algunas partes de este ajedrez, pero nunca para servirse a sí mismo, sino con colaboración y con generosidad».
El director de orquesta y académico lo ilustra con una anécdota: Enríquez fue quien pidió denominar Carlos Chávez al Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical (Cenidim).
Una conversación que atestiguó Juárez Echenique en 1978, a la muerte de Chávez. Narra que Enríquez subió a la oficina de la directora Carmen Sordo, pidió el teléfono para solicitar autorización al director del INBA para hacerlo.
«Algo que habla de gran generosidad porque Manuel no pertenecía para nada al linaje de Carlos Chávez», recalca.
Repensar el Foro
En 1979, desde la dirección del Cenidim, fundó el Foro Internacional de Música Nueva, que hoy lleva su nombre y que ha sobrevivido a recortes, crisis y cambios de sexenio.
Los conciertos eran gratuitos y el foro estaba «absolutamente lleno de gente joven», recuerda Juárez Echenique.
«No iban a la ópera, pero sí venían al foro, lo esperaban cada año porque era algo nuevo», recalca.
Con una visión crítica, el director plantea que es necesario repensar el foro.
En tiempos de Enríquez, contrasta, era el propio compositor quien decidía «quién tocaba y qué obras se tocaban, y no había discusión posible», con «la autoridad que le daba su conocimiento».
Ese criterio único, lamenta, se sustituyó por un comité de «espíritu democrático que no siempre funciona en las artes».
«Como quieren quedar bien con todos, pues le dan bocaditos aquí y allá, y no hay esa misma visión curatorial completa, profunda», señala.
El foro debe seguir, matiza, pero debería tener «una distancia, una independencia» frente a los límites presupuestales, políticos y sindicales.
Solo así, dice, un encuentro de música nueva puede ser lo bastante ágil «para estar no al día, sino al día de mañana».
Un legado por impulsar
El catálogo de Manuel Enríquez, de cerca de 150 obras, permanece en su mayoría sin editar, y volver a ponerlo en circulación es, para Juárez, «un problema complejo»: hacen falta más grabaciones «para que la gente escuche la obra, se interese y la programe», y acceso a las partituras.
El archivo, custodiado por su viuda Susana Enríquez, afincada en Australia, y resguardado en el Centro Nacional de las Artes, «no es tan fácil» de consultar en línea «o desde Nueva York o desde Alemania, hay que venir acá a México».
Apunta además la dificultad propia de su escritura. Su notación gráfica concede libertad al intérprete dentro de un estilo, y descifrarla obliga a apoyarse en las grabaciones y en quienes trabajaron con él.
En 2024 el Cenidim editó por primera vez la partitura de Ritual, disponible en línea. Una obra que la Orquesta Sinfónica Nacional con la batuta de Ludwig Carrasco interpretó en el Palacio de Bellas Artes al conmemorarse 30 años de su muerte.
Para el centenario, Juárez Echenique considera necesario «un trabajo historiográfico que no sea una hagiografía», ni una vida de santo ni un torneo para ver quién supera a Chávez o a Revueltas, sino una mirada que sitúe a Enríquez en su contexto, porque «lo que él dio es realmente una contribución absolutamente única».
Confía, además, en que ocurra lo que con tantos otros.
«Como pasó con Mahler, con Bach, aun con el mismo Mozart, después de que mueren hay un periodo de eclipse y después alguien brillantemente descubre su música», dice.
Honrar a Enríquez, como él mismo entendía la creación, pasa por tocarlo, grabarlo y editarlo.
«Todo creador que se precie de tal tiene que ser un eterno experimentador», decía Enríquez.
Zenzontle
Suele citarse Zenzontle (1994), obra para flauta y orquesta de cuerdas, la última partitura en la que trabajaba Manuel Enríquez, como una obra inconclusa, pero Juárez Echenique difiere de esa consideración.
Cerca de la muerte, el propio compositor expresó a la flautista Marisa Canales, a quien está dedicada, y al director de orquesta, quien la estrenó, que la pieza se tenía que seguir tocando y no se quedara como una pieza inacabada.
A Juárez Echenique no le cabe duda de que si Enríquez, tan crítico y exigente consigo mismo, no hubiera quedado satisfecho con lo que había escrito, se habría negado a que se interpretara.
Pero que pidiera lo contrario, «casi como un último deseo», es para el director la prueba de que la daba por terminada.
Argumenta que la obra tiene un final resuelto y estructurado, donde la orquesta se va disolviendo hasta dejar sola a la flauta, con una serie de efectos con técnicas extendidas, reconocible como propio del lenguaje del compositor.
Como un homenaje tácito al compositor, Juárez Echenique y Canales llamaron Cenzontle a la editorial musical que dirigen y fundaron en 2024 para difundir la obra de los compositores latinoamericanos.
Toma nota
– Qué: conversatorio sobre la herencia y actualidad del compositor jalisciense Manuel Enríquez, en su centenario.
– Quiénes: el director Benjamín Juárez Echenique y la flautista Marisa Canales; modera Víctor Barrera, director del Cenidim.
– Cuándo: viernes 19 de junio, 13:00 horas.
– Dónde: YouTube del Cenidim.
