LIBRERÍAS DE VIEJO QUE SIGUEN ADELANTE

Agencia Reforma

Ciudad de México, 16 agosto 2026.- Al interior de Donceles 48, sobre un mostrador de cristal que resguarda los ejemplares más antiguos de la Librería de Viejo Regina, Juan Antonio López preparaba un título para ponerlo en venta.

 A su derecha, alineados en estanterías, apilados sobre mesas y hasta dispuestos en el suelo, se desplegaba el legado de toda una vida de oficio: 400 mil volúmenes listos para quien desee leerlos.

 López es uno de 13 hermanos que, siguiendo la tradición familiar, levantaron un imperio de librerías de segunda mano en la Capital.

 De las 15 sucursales que llegaron a operar, actualmente únicamente sobreviven ocho.

 «Esta librería tiene 30 años más o menos funcionando, pero yo como librero tengo muchísimo más tiempo, mi familia se dedica a esto desde hace 90 años.

 «Siempre nos gustó el negocio, cómo funcionaba, vender libros, comprar lotes, bibliotecas; todo ese ritmo de trabajo es atractivo, además de que tienes a la mano muchísimos libros que puedes leer», contó López.

 El negocio comenzó con la venta dominical de unos pocos ejemplares que su tío acumulaba en desuso dentro de cajones. Ese pasatiempo derivó en la apertura de la Librería Selecta, en 1968, sobre Donceles 79, espacio que se convirtió en el preámbulo de dos generaciones de libreros.

 «Después de 20 años empezamos a abrir locales aquí (en Donceles) los hermanos que nos asociamos, empezamos a trabajar duro y abrimos muchos locales», recordó López.

 La labor del librero trasciende la venta unitaria, pues también incluye la curaduría de bibliotecas, encargos para coleccionistas y la comercialización de ejemplares como objetos de decoración.

 «También sucede que solicitan algún lote de libros grande para formar una biblioteca. Hay gente que de repente sí nos solicita para decorar y se pueden vender por metro.

«Los libros se venden por diversas razones, no los compran para leer necesariamente, la gente dice: ‘quiero esas enciclopedias y quiero que comprar 100 metros’, (entonces) las agrupamos, las ponemos en lotes de metro y hacemos la cuenta en términos de lo que vale cada uno o cada colección», explicó.

 Quienes entran a su local se ven eclipsados por las estanterías que se erigen desde las losetas, con un patrón similar al de un tablero de ajedrez, hasta el techo, donde tragaluces y algunos focos iluminan los entrepaños repletos de ejemplares.

 La cantidad de libros que se ofertan es tal que en algunos de los pasillos apenas y hay espacio para que dos personas caminen juntas.

 Entre los elementos más valiosos del acervo de López se encuentra su ejemplar favorito, fechado en el siglo 17.

 «Tengo, por ejemplo, dos tomos de las plantas que describieron Humboldt y Bonpland en su viaje a América Meridional. Son dos tomos de los más grandes y tienen como 30, y grabados cada uno de las plantas que identificaron, que las dibujaron y las escribieron», detalló.

 Pese al éxito inicial, López reconoció que la baja propensión a la lectura, la competencia de librerías grandes y el carácter especializado del libro usado han complicado la sostenibilidad del negocio.

 «Yo tenía una (sucursal) en Miguel Ángel de Quevedo, lo cerré el año pasado porque las rentas son muy caras. El negocio sí es diferente, se ha deprimido bastante y ya las ganancias pues ya no dan para pagar rentas caras. Aquí en el Centro igual yo tenía un local más adelante y lo tuve que cerrar por lo mismo», lamentó.

 En busca de alternativas para proteger el corredor de Librerías de Viejo, López y varios colegas recurrieron a la Secretaría de Cultura capitalina.

 «Nos organizamos varios libreros (). Fuimos a hablar con ellos para que nos dieran un apoyo. El único apoyo que les pedíamos era que participáramos en publicidad u organizar ir a algún festival en el cual nos publicitaron a las Librerías de Viejo.

 «Nos dijeron que sí, que nos iban a apoyar, pero después llegó la pandemia, no nos lo dieron y ya nunca más hemos vuelto», explicó.

 También señaló que evita participar en ferias y festivales por los elevados costos de los stands, que reducen las ganancias.

 Incluso, la temporada vacacional apenas le permitió recuperarse de las pérdidas ocasionadas por el plantón de la CNTE previo al Mundial de Futbol.

 «Estaba aquí enfrente, entonces, eso influye en el ánimo de la gente. Se pueden meter, pueden caminar, pero muchos decidieron ya no venir porque saben que se van a encontrar con ese problema», lamentó.

 Pese a las dificultades y a la incertidumbre sobre el futuro del negocio -pues sus hijos aún no han decidido sumarse- López asegura que mantiene el mismo empeño que el primer día de venta.

 «Es mi negocio, y yo lo he tenido toda la vida. Sé que me sigue funcionando, no lo tengo por capricho, ni mucho menos. Y yo hago un esfuerzo también. Todo el tiempo estamos trabajando mucho para que funcione, estamos todo el tiempo haciendo cambios para que pues la gente vea que hay cosas nuevas», agregó.