Ciudad de México 30 agosto 2026.- Subidos «en la cresta de la ola del lenguaje», dice el poeta Eduardo Casar, los escritores van descubriendo verdades que no sabían. Es el caso, por supuesto, de su amigo Gonzalo Celorio.
De ahí que su forma de ejercer la autoficción fuera uno de los aspectos elogiados este domingo durante el homenaje que se le rindió al escritor en la jornada de cierre de la 8 edición de la Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios (Filuni) de la UNAM.
«Gonzalo, en cada una de las novelas, fue perdiendo la ficción y ganando el descaro de la biografía contada con términos literarios», apuntó Casar, diciéndose orgulloso no sólo de «solapar» varios de los libros de Celorio -galardonado con el más reciente Premio Cervantes, considerado el Nobel del castellano-, sino de incluso haber aparecido en algunos como personaje.
«En Tres lindas cubanas (2006) cuenta una cosa que él hizo como si yo la hubiera hecho. Y yo dije: ‘Bueno, también he servido de descarga'», añadió con humor.
La narradora Verónica Murguía, también presente en el homenaje, puso el foco en Los apóstatas (2020), novela en la que Celorio ofrece una mirada hacia dos hermanos mayores, Miguel y Eduardo, uno enloquecido por estrafalarias creencias satánicas y el otro convertido en militante durante la Revolución Nicaragüense.
«Sin esos dos padres, Gonzalo no hubiera tenido la amplitud de miras que le dio haber nacido en esa familia de 12 en la que nada más había bolillos, porque si había conchas se armaban unas batallas campales donde podían quedar todos malheridos», bromeó la escritora.
«Al tratar de hacer un trabajo detectivesco y de introducirse en la psique de sus hermanos, los dos que tienen actitudes a veces inexplicables, tuvo que hacer un trabajo que reveló verdades muy dolorosas sobre la familia, terribles», prosiguió Murguía, definiendo a Celorio como un tercer apóstata dedicado a la literatura como utopía. «Encontró la literatura, y la literatura lo bendijo de regreso».
Casar no perdió oportunidad de celebrar la calidad literaria de su amigo, director de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), cuya prosa no es barroca, sino «clasiquísima, muy bien medida, perfectamente bien temperada, como clavecín», según la calificó.
«Jorge Luis Borges decía, ya sabemos, de Alfonso Reyes, en su momento, que escribía el mejor español de su tiempo. Y yo creo, sinceramente, que tú lo haces en la actualidad», dirigió al homenajeado el también escritor Eloy Urroz, moderador del homenaje.
La ocasión también sirvió para rememorar anécdotas al lado del escritor septuagenario (Ciudad de México, 1948), como la vez que él y Casar viajaron a La Habana, pero lejos de aquellas aventuras que podían alimentar la imaginación, en realidad la pasaron platicando en el hotel debido a la fuerte insolación que sufrió Celorio.
También en el homenaje, Rosa Beltrán, titular de Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM -cargo que Celorio ocupara durante 9 años-, evocó a su vez la popularidad de los cursos de literatura que daba el autor en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), considerándolo parte de los profesores que han dejado huella en la Máxima Casa de Estudios.
«Algo muy impresionante de ver fue que sus alumnos todos querían reprobar, nadie quería pasar», contó la escritora, provocando risas entre los asistentes al homenaje. «La verdad es que pasaban, pero se volvían a inscribir porque nunca repetía los autores que veía».
«Enseñar literatura, para Gonzalo, no ha consistido simplemente en transmitir conocimiento sobre autores o sobre libros, sino en enseñar a mirar: a mirar una ciudad, y descubrir sus capas de historia; una novela, y reconocer en ella una forma de comprender el mundo; una palabra, y descubrir detrás de ella siglos de memoria, imaginación y cultura», expuso, a su vez, Mary Frances Rodríguez Van Gort, directora de la FFyL.
Hacia el final del homenaje, si bien Celorio se dijo agradecido por las palabras de sus amistades, no dejó de señalar algo que acaso lo inquietaba: «Siento que este homenaje tiene algo de póstumo», enunció ante un auditorio lleno de colegas y figuras como el ex Rector José Sarukhán, el Adolfo Castañón y el editor Tomás Granados.
Así, quizás para nivelar un poco la situación, el autor correspondió con palabras de reconocimiento para cada uno, ya fuera el compañerismo de Casar por medio siglo, la participación de Urroz en el grupo del Crack o la prosa de Murguía; «lo que han dicho de la mía es absolutamente secundario frente a la gran prosa de esta mujer portentosa», expresó.
«Gracias a Mary Frances, que ha hecho un elogio de mi paso por estas aulas que tanto he querido y que le dieron en muy buena medida razón de ser a mi propia vida», prosiguió, afirmando que la UNAM ha sido su casa, y por ello le resultaba especialmente «identitario» ser homenajeado en Filuni, con sede en el Centro de Exposiciones y Congresos.
«Y muchas gracias a tantos, tantos amigos que están aquí presentes. Me siento, de veras, muy conmovido», compartió el Premio Cervantes, antes de retirarse del lugar, no sin que antes varios de los asistentes se aproximaran para saludarlo, tomarse una foto con él o pedirle que firmara alguno de sus libros.
