Monterrey, NL 27 septiembre 2026.- En el escenario, Diana Alvarado puede convertirse en una adivina que invoca al demonio, en una mujer que seduce como serpiente, en una princesa de corazón duro o hasta en una torera que da pases con un capote mientras canta.
Es parte del goce que esta regiomontana encuentra en la interpretación. Porque para ella no basta sólo con cantar.
«Yo me meto mucho en el personaje», afirma y enumera papeles: Ulrica, de «Un baile de máscaras», de Giuseppe Verdi, una de sus favoritas; el personaje femenino de «Sansón y Dalila», ópera que considera especialmente adecuada para su registro, con música de Camille Saint-Saëns, y la Tía Princesa de «Sor Angélica», de Giacomo Puccini.
«Como cantante, con una voz de mezzosoprano dramática o contralto, me correspondían personajes muy fuertes», explica. «Personajes con mucha fuerza dramática, de odio, de coraje o de vanidad».
Para construir a Dalila, recuerda, un maestro le pidió imaginar una serpiente acercándose sigilosamente a Sansón para arrancarle su secreto.
«Y cuando está con él lo seduce, se le enreda», sonríe la cantante con fingida malicia y mueve las manos como si atrapara algo en el aire.
En 2010, el crítico musical Alejandro Fernández destacó en EL NORTE esa capacidad de Diana para ir más allá de la voz, al reseñar su actuación como Madame Flora en «La Médium», de Gian Carlo Menotti.
«En ‘La Médium’ destacó la presencia de la mezzosoprano Diana Alvarado como Madame Flora, quien además de importantes dotes de actriz dejó sentir una voz grave por momentos impresionante.
«Su personalidad y carisma se impusieron también en los dramáticos pasajes hablados».
Y es que la actuación llegó a su vida antes que la ópera.
A los 12 años estudiaba coro y teatro con la Nena Delgado en la Escuela Número 14. La actriz, surgida de las filas de la docencia, la eligió para un personaje coestelar en una obra de Federico García Lorca, uno de sus autores favoritos.
«Yo era muy flaquita, chiquita. Sin embargo, al jurado le encantó y me dieron el primer lugar estatal», recuerda Diana, alta, de voz grave y melodiosa e intensa mirada.
El premio significó también su primera aparición en televisión, donde fue entrevistada en el programa «Reportajes de Alvarado».
«¡Fue muy emocionante!», ríe y su risa melodiosa se escucha no sólo en su sala, sino más allá del tiempo.
Aquella niña que logró capturar la atención a tan temprana edad fue la segunda de ocho hijos de Francisca Oralia Rodríguez Ortiz y Carlos Enrique Alvarado Carranza.
Su padre era jefe de mecánicos de la American Smelting and Refining Company (ASARCO), pero la cantante lo recuerda como un hombre que dibujaba, cantaba y escuchaba ópera.
«Mi papá era un artista. Nunca se dedicó al arte, se dedicaba a otras cosas», cuenta y es que, sin formación artística, el hombre hacía actuar a sus hijos y ponía libros sobre las cabezas de las niñas para enseñarles a caminar derechitas.
Por su parte, su madre preparaba tamales, chorizo y menudo, y atendía una nevería familiar llamada Gol, bautizada así por la afición de ella y su esposo.
«Tuve una infancia linda. Demasiado linda», evoca. «Mi papá y mi mamá me apoyaron en todo lo que yo quisiera hacer».
Diana comenzó sus estudios formales de música en la Universidad de Nuevo León, bajo la tutela de la soprano Graciela Suárez de Buenrostro, quien durante más de medio siglo impartió clases de canto y coro en la institución que después se convertiría en la Facultad de Música de la UANL.
Fue también en el ámbito universitario donde Jorge Rangel Guerra identificó las posibilidades de su voz.
«Él me decía: ‘Diana, dedícate a cantar. Tú eres una gran mezzosoprano'».
Diana pasó por la Escuela Superior de Música y Danza, aunque no permaneció mucho tiempo en sus aulas: los escenarios comenzaron a reclamarla. También cursó estudios de Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL.
Muy joven cantó zarzuela en la Ciudad en producciones encabezadas por Pepita Embil y Plácido Domingo padre. Una de las obras en las que comenzó a destacar como solista fue «La verbena de la Paloma».
«A la señora Pepita Embil le gustó mucho mi voz», recuerda con emoción.
Su carrera despegó pronto: muy joven -Diana no suele hablar de años o edades- debutó en el Palacio de Bellas Artes como Magdalena en «Rigoletto», de Verdi.
«Fue un exitazo para mí y para la gente, porque le gustó mucho mi voz», dice emocionada. «Yo me escuchaba y decía: ‘Se escucha. Mi voz se escucha’, porque es grande, fuerte».
Esto sin dejar de mencionar su participación, en sus inicios, en el prestigiado concurso nacional de canto Carlo Morelli, donde obtuvo el segundo lugar, además de ser semifinalista tiempo después en el tradicional concurso internacional de Ópera de Viena.
Vendrían con los años producciones como las mencionadas «Sor Angélica» y «La Médium», «La vida breve», de Manuel de Falla; «Carmen», de Georges Bizet; «Andrea Chénier», de Umberto Giordano; «Los cuentos de Hoffmann», de Jacques Offenbach, y «Elektra», de Richard Strauss.
Además, cantó como solista con importantes orquestas del País. Entre sus presentaciones recuerda «El amor brujo», de De Falla, con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, dirigida por Luis Herrera de la Fuente; la Novena Sinfonía de Beethoven, bajo la batuta de Enrique Bátiz, y «Aida», de Verdi, con la Orquesta de Guadalajara.
«Eran tiempos, qué puedo decirle, cómo definirlos, como mágicos, como llenos de una entrega total y de una energía que, de verdad, hasta la fecha mantengo», comenta.
Su formación continuó fuera de México. En Nueva York trabajó con la maestra Joan Dornemann, y en España tomó clases de canto y repertorio con figuras como la mezzosoprano rusa Elena Obraztsova y el pianista Félix Lavilla.
También estudió con Ana Higueras y obtuvo dos becas para cursos internacionales de la Universidad de Santiago de Compostela. De ahí su amor por la música española.
Apoyada durante una etapa por la empresa Alfa, se especializó y se presentó en diversos escenarios de Europa.
«Toda mi vida viajé sola», dice, orgullosa. «Toda mi vida».
Con los años, su voz también cambió.
«Hoy me considero contralto, pero inicié como mezzosoprano», afirma. «Y no ligera: mezzosoprano dramática».
Recuerda aquella primera voz como grande, de volumen y color aterciopelado. Después se volvió más oscura.
«Entonces dije: ‘Yo soy contralto'», explica, lo que implicó un reto para adaptarse al nuevo registro.
«Me aboqué a estudiar como debe ser», señala.
«La voz hay que trabajarla, educarla. Siempre es una disciplina. Es como cuando uno quiere estar bien y hace gimnasia: haces ejercicio. Con la voz es lo mismo. Hay que hacer ejercicio vocal».
De hecho, una nota de abril de 1989 de un diario la califica como «Única contralto de México». Lo había logrado: Diana había podido transitar a un rango vocal distinto y que la ha hecho muy feliz.
De ahí que la intérprete niegue que en algún momento haya pasado por su mente alejarse de los escenarios por el cambio de voz.
«Nunca», responde de inmediato. «Nunca perdí la esperanza de cantar, de estar en un escenario».
De hecho, un pasaje significativo fue la vez que su padre la vio lavando trastes y le dio una orden.
«Deja ahí, tú no naciste para eso. Vete a cantar», le dijo.
Y Diana volvió a Italia para seguirse formando.
La soprano Yvonne Garza recuerda el impacto que le produjo escucharla cuando ingresó a la Escuela Superior de Música y Danza, en 1983.
«Una de las primeras voces operísticas que escuché en vivo fue la de Diana Alvarado, una voz imponente y una presencia escénica increíble. Me impactó escuchar su potente y bello timbre de mezzosoprano.
«A lo largo de nuestro quehacer hemos compartido el escenario en numerosas ocasiones y siempre ha sido un placer. Diana siempre es entusiasta y con ánimo de compartir su arte».
Ricardo Marcos, especialista en ópera y secretario técnico del Conarte, conoce bien la trayectoria de la artista.
«Diana Alvarado es una verdadera diva en el mejor sentido de la palabra: apasionada del canto lírico, dueña del escenario y una voz oscura, dramática, que continuó la gran tradición de contraltos mexicanas al estilo de una Fanny Anitua o una Belén Amparán», afirma.
«Fue uno de los raros casos de voces de su generación que cantó en el máximo recinto operístico del país y en Europa».
Añade: «Representa algo de lo mejor de una época de cantantes regiomontanos».
Italia se convirtió para Diana en escenario de una segunda vida. Ahí, en 2000, en la ciudad de Teramo, obtuvo el primer lugar en la tercera edición del certamen internacional de música «Mario ‘Paolo Vineo’ Tribute», bajo la dirección de Vito Maria Brunetti, lo que le brindó invitaciones para presentarse en otros teatros europeos.
Sin embargo, en Italia no todo fueron escenarios. Cuando buscaba alojamiento, unas jóvenes la recibieron en su casa y pronto descubrieron otra de las habilidades de la mexicana.
«Eran felices porque yo cocinaba», ríe. «¡A mí me gusta mucho cocinar!».
Junto con una hermana y su cuñado abrió un restaurante de comida mexicana. Entre los platillos que preparaba estaban la cochinita pibil, los camarones a la diabla con chile de árbol y vino blanco, el coctel de camarones y la papa asada «como la hacemos aquí».
«¡Qué etapa de mi vida!», comenta, y es que en este lugar cantaba y cocinaba hasta que ganó el primer lugar en aquel concurso, bajo la batuta de Brunetti.
La actuación, sin embargo, nunca quedó atrás.
Uno de los espectáculos que recuerda con mayor diversión fue dirigido por Juan Ibáñez, ya en México. Diana interpretaba la Habanera de «Carmen» vestida de torero y daba pases con un capote mientras cantaba.
«¡Imagínate!», exclama la admiradora de iconos del bel canto como Montserrat Caballé y Elena Obraztsova.
Para algunos puristas aquel montaje de Ibáñez resultaba una «aberración», recuerda, pero para ella fue extraordinario porque la hizo cantar cosas fuertes de una manera totalmente diferente.
Otro montaje interdisciplinario que protagonizó fue «La casa de Bernarda de Alba», de su querido García Lorca, bajo la dirección del maestro Ángel Hinojosa. Aquella presentación, de 2016, fusionó de manera magistral la actuación y el canto, y se realizó en el Teatro de la Ciudad de Monterrey y en el San Pedro Arte Fest.
El mismo entusiasmo de Diana aparece cuando habla de experiencias alejadas de los grandes escenarios.
Ha dado clases a niños y jóvenes, así como a internos del Cereso de Cadereyta, donde llegó a formar una pequeña rondalla.
«Fue un trabajo tan digno, tan bonito; yo creo que aprendí más de ellos», asegura la artista, quien en 2011 impulsó el proyecto «¡Viva la Ópera!» entre estudiantes del Conalep.
Para ella, enseñar significa devolver algo de lo recibido durante su propia formación.
«Dar lo que a mí me dieron, ayudar en lo que yo pueda ayudar. De eso se trata dar clases», agrega.
Esa vocación docente se cruza con otra faceta que con los años adquirió mayor importancia: la religiosa.
Diana canta música cristiana, ha realizado grabaciones de este repertorio y participa en la Iglesia Bautista Berea de Monterrey, donde dirige un coro.
«Me invitaron a que hiciera un coro, hice un coro grande de gente creyente, de fe, y me involucré tanto que terminé siendo parte de ellos», dice, dado que comenzó a leer la Biblia y a profundizar en una fe que transformó la manera en que entiende la interpretación vocal.
«El canto es un don maravilloso, ¿por qué?», pregunta y se responde: «Porque es un instrumento divino».
Para ella, interpretar una pieza religiosa no exige menos que una ópera.
«Yo aprendí a saber qué estás cantando, qué estás diciendo. No puedes cantar nada más porque sí. ¿Por qué lo dices? ¿Y a quién se lo dices? Eso lo aprendí en la ópera».
La diferencia, afirma, está en el destinatario.
«Si le estoy cantando a Él, imagínate», expresa. «Para mí es un gusto cantarle a Dios Nuestro Señor. Es una manera de agradecerle todo lo que me dio».
Carlo Carbajal, su secretario desde hace un cuarto de siglo, dice que si tuviera que definirla con una palabra sería «actitud».
«Algunos podrán pensar que la actitud es exclusivamente en la escena y en el arte. Pero la maestra Diana me ha demostrado a través de los años que la correcta actitud ante la vida puede brindarte grandes recompensas».
Incansable, apenas el año pasado Diana grabó su voz para varias producciones musicales de la mano de su alumno y barítono Pablo Del Monte, y actualmente prepara un material en homenaje a Verdi.
También contempla escribir un libro sobre su trayectoria, para el cual ya tiene un título tentativo. Le llamará: Diana Alvarado y la voz.
«Porque la voz es lo importante en mi vida», reitera, apasionada. «Lo más importante para mí».
Esa voz será reconocida el 9 de octubre en el concierto «El arte de la contralto en la ópera y la zarzuela», en el que estará acompañada por el pianista Dionisio Martínez y alumnos.
«Considero que la voz de la maestra Diana fue y sigue siendo muy privilegiada», afirma Dionisio. «Su voz de contralto resonó en varias países del mundo, sobre todo en Italia y por supuesto en nuestro país y -obvio- en nuestra ciudad.
«Como maestra de canto, ha logrado colocar a muchos alumnos en diversas agrupaciones artísticas, no sólo en el ámbito operístico sino también en otros géneros de música vocal: canción fina mexicana, musicales tipo Broadway, inclusive música pop. La maestra Diana ha hecho muy importantes y significativos aportes a nuestra cultura musical».
La función será a las 20:00 horas en el Teatro del Centro de las Artes, en el Parque Fundidora. Boletos en arema.mx o en la taquilla una hora antes de la función.
