Walter Olivera Valladares / @WalterOliverav
En un momento crítico para Estados Unidos, con actos de racismo cada vez más descarados y un presidente descontrolado, el mensaje de tolerancia y respeto enviado desde el medio tiempo del Súper Tazón a más de 135 millones de personas, hizo estallar las redes en comentarios y llegó como un impacto cultural abrumador, pero que en los hechos –muy lejos de unificar– profundizó más las grietas.
Al paso de los días, cuando el polvo se asienta, ha ido tomando cuerpo ese clima de malestar que trasciende el deporte y el espectáculo. ¿Qué nos queda? Más dudas, más incertidumbre, mayor desconfianza y hostilidad selectiva.
Quedó al descubierto que el montaje de Benito Antonio Martínez Ocasio para mostrar cañaverales, pueblos bananeros, comercio ambulante y economía informal, es un excéntrico resumen de la identidad latinoamericana y por ello en lugar de unificar, colisionó con quienes no se sintieron representados.
En consecuencia, al final del show ¿qué ha cambiado? Tenemos opiniones divididas, una sociedad quebrada, un continente partido, un terreno fértil para la manipulación de masas y hemos pintado el panorama en el que debes elegir estar con Bad Bunny o con Bad Trump.
Ilustrativos los videos que muestran el estadio lleno con espectadores indiferentes casi petrificados ante un despliegue musical y puesta en escena más próxima al folclor que a la identidad cultural, pero nuevamente sobreinterpretamos los símbolos y continuamos creyendo que integrar es la imposición de la cultura propia a los demás, cuando en realidad se trata de respetar contextos.
¿Pero qué esperábamos que pasaría en el escenario más estadounidense durante el evento más estadounidense? ¿Qué los latinos se apropiarían del Super Bowl? Sólo el 20 por ciento de la población en Estados Unidos es latina, así que volvemos a la pregunta ¿Qué cambió?
Sólo colisionaron mundos. El clima de temor generalizado sigue, la persecución trumpista continúa, los bandos desubicados permanecen, los discursos dislocados vuelven a escucharse y anteponemos lo moral a lo lógico.
En el 2020 tres latinos lideraron el Super Bowl: Shakira, Jennifer Lopez y el mismísimo Bad Bunny, sus interpretaciones fueron en inglés y español, sus actuaciones fueron arrolladoramente exitosas también. ¿Qué hicieron diferente? Que en ese año hubo integración, nadie politizó.
Mucho cambió desde entonces. Nos acosan diferentes narrativas: La de aquellos que idealizan a Bunny, la de los “Trump Lovers”, la segregacionista del movimiento MAGA, la extremista WOKE, la del empoderamiento de los grupos marginados, la de los no representados y la lista se extiende. Pero… ¿Cuál es la correcta?
¿Cuál fue la aportación del espectáculo que dividió América? ¿Qué “el amor es más fuerte que el odio”? Una frase para nada novedosa y que nos deja claro que problemáticas tan complejas como la migración no pueden resolverse con un simple juego de antagonismos emocionales. ¿Amor bueno, odio malo?
Al pasar de los días hay quienes han pedido cárcel para Bunny, otros quieren el despido de los directivos de la NFL y de la NBC, que tuvo los derechos de trasmisión del Super Bowl este año. Las redadas del ICE cesaron en Minnesota, pero continuarán en otro lugar. También seguimos sin entender que la migración debe ser ordenada, pero sin convertirse en cacería humana. Los abusos, las ejecuciones y los muertos se quedaron, esos son definitivos.
Así que mucha audiencia y bajo impacto… Los latinos no ganaron el Super Tazón, únicamente les fue prestado el espacio para presumir un orgullo efímero porque a final de cuentas la diversidad ni la integración pueden resumirse en un espectáculo.
Ciertamente la señal de descontento quedó registrada, pero el impacto –tenemos que percibirlo– no podríamos considerarlo revolucionario, trascendental ni antisistema; sólo ha sido breve, corto y limitado.
