Por Edgar Hernández*
@LíneaCaliente
A lo largo de mi carrera profesional he conocido y leído sobre la ostentosa vida de dictadores y gobernantes disfrazados de demócratas.
De hombres de altos vuelos como Anastasio Somoza, cuya familia gobernó Nicaragua por 43 años, así como mujeres legendarias como Eva Perón, quien brinca del espectáculo a baluarte de millones de descamisados.
Conocí los desplantes autoritarios de Omar Torrijos de Panamá y el propio Lech Walesa de Polonia, quien bajo el disfraz de social demócrata se daba una vida de opulencia como la del dictador de Argentina, Leopoldo Fortunato Galtieri, derrotado en Las Malvinas.
A nivel aldeano me tocó observar y escribir sobre hombres enloquecidos de poder como Gonzalo N. Santos en San Luis Potosí, Rubén Figueroa, gobernador de Guerrero, Mario Villanueva, el primer narco gobernador de Quintana Roo y a Carlos Hank González del estado de México, quien algún día invitó a un grupo de periodistas a la boda de su hijo del mismo nombre allá en su rancho de Atlacomulco en donde fue tal el derroche, regalos y viandas que al final de tan fastuoso evento se nos acercó para decirnos:
“Apreciaría que después de haber visto lo que vieron no publiquen nada en sus periódicos ¡Solo disfruten!”.
Más recientemente imposible dejar de observar a los hijos de López Obrador, con interminables desplantes de derroche y lujos, producto de alianzas criminales, así como a legiones de narcopolíticos sin rubor para mostrar sus fortunas que les llegaron de la nada y de la noche a la mañana.
El poder enloquece.
Todo ese universo que no cabe en estas líneas, sin embargo, lo que más llamó la atención en su momento a nivel mundial fue la historia del Valle de los Caídos, cerca de Madrid, donde se ubica el Palacio del Escorial.
Este no era un palacio cualquiera.
Tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975 sería enterrado en dicho Palacio de frío mármol -que en algo recuerda al Palacio de Gobierno de Veracruz- tras un funeral de Estado al que acudieron el dictador chileno Augusto Pinochet, del Rey Hussein de Jordania, Rainiero de Mónaco y la primera dama filipina Imelda Marcos.
El cadáver de Franco, vestido en su uniforme de capitán general, sería velado primero de manera privada en una capilla ardiente en “El Pardo” y posteriormente, ya para el público, en el Salón de Columnas del Palacio Real, por donde pasaron decenas de miles de personas.
Una vez cerrada la capilla ardiente, Franco sería trasladado al Escorial, el Palacio de Marmol, en ostentoso cortejo fúnebre, en un ataúd colocado sobre un vehículo militar (Pegaso 3050) adaptado para la ocasión. Iba escoltado primero por lanceros de la guardia y posteriormente por un escuadrón motorizado de la Guardia Civil.
Una losa, con forma de trapecio semicircular, realizada en mármol y con un peso de mil 500 kilogramos, sería colocada sobre la fosa.
En el Escorial, el Palacio del Marmol, el tránsito de los muertos era primero permanecer en el “pudridero” para cuando el despojo humano solo quedara en restos óseos fuera exhumado para ser trasladado al cementerio de Mingorrubio en “El Pardo”.
Ahí llegó Franco.
El Palacio del Escorial dejaría de ser el monumento al dictador.
Y como todo en la vida lo que sigue sería el olvido.
Para la historia quedaría el suicidio de Hitler en su Bunker, el bazucazo a Somoza en plena calle dejándolo irreconocible, la cárcel para los dictadores, la ejecución de Mussolini y Clara Petachi masacrados por un grupo de partisanos (combatientes de la resistencia) y expuesto públicamente por su pueblo y colgados de los pies, así como Stalin quien en su lecho agónico fue escupido por sus colaboradores que soportaron por tres décadas sus acciones genocidas y desplantes autoritarios.
Mientras Eva Perón tras su muerte, por cáncer, todavía sería paseada en un auto descubierto de pie con el brazo en alto en señal de saludo -soportada por una estructura de madera pegada a su cuerpo-, después llevada a la Secretaría del Bienestar donde se le embalsamó y dejó a cargo de un guardia, un enfermo mental que la violaba por las noches. Eva sería sacada clandestinamente del país, llevada a un cementerio de Italia donde estuvo sepultada con otro nombre por décadas.
Se fueron al cesto de la historia y del olvido genocidas como Jean-Bédel Bokassa, un dictador militar que gobernó por más de dos décadas la República Centroafricana luego de autoproclamarse emperador en opulenta ceremonia inspirada en Napoleón y desataría una dictadura marcada por violaciones a los derechos humanos y graves crisis económicas, sin contar que le gustaba el canibalismo, comerse a sus enemigos.
En México lo mismo sucedió con Porfirio Díaz y Plutarco Elías Calles, con Echeverria y Salinas.
Ese es el precio del poder, un poder que enloquece mientras dura y que nadie aprende en cabeza ajena.
En Veracruz, dice la historia que cuando se mal gobierna, el pueblo paga con el olvido -y si se descuida con cárcel- y coloca a sus mandatarios bajo una lápida de frío mármol, como la del Palacio de Xalapa.
Tiempo al tiempo.
*Premio Nacional de Periodismo
