Por Edgar Hernández*
Línea Caliente
Un día, no cualquiera, ese 8 de diciembre de 1993, don Fernando Gutiérrez Barrios invitó a quien esto escribe a su casa de San Jerónimo Lídice, en la Magdalena Contreras.
La cita era a las 6 de la tarde.
A esa hora al otro lado de la ciudad, en la sede del PRI, en el auditorio “Plutarco Elías Calles”, Luis Donaldo Colosio rendía protesta como candidato a la Presidencia.
Era una tarde fría, pero bueno, qué importaba si ibas a ver y escuchar al ya para entonces “Hombre Leyenda”.
En el vestíbulo de su casa de “Santiago Apóstol” -que aun la familia conserva- don Fernando aguardaba con esa puntualidad impuesta por su padre, un viejo villista.
Estar frente a él, con su espigada figura y cuidadosa formalidad, era como estar frente a la historia.
Esa caballerosidad y calidez. Ese trato. Su experiencia. Sus conocimientos -era un autodidacta de la política-.
Sus finos modales. Sus ojos severos y ese bigotillo que recuerda al galán de los cuarenta de “Morir en el Golfo” de Camín.
El muy sport, de cuello de tortuga blanco y un saco café a cuadros que combinaba a la perfección con un pantalón de fino casimir tabaco y mocasines del mismo color.
Ya instalados en su biblioteca donde vivían sus recuerdos de vida, se arrellanó en cómodo sillón frente al gordo televisor Sony Trinitron.
La trasmisión estaba en curso.
La rendición de protesta y el discurso de Colosio lo regresaba en el tiempo al del Secretario de Gobernación que en aquella infausta víspera de Reyes del mismo 1993, el presidente Carlos Salinas le pediría su renuncia.
Un día antes del despido, en los pasillos de la parte posterior del viejo Palacio de Covián, la que salía a la calle de Abraham González, caminaba en compañía de quien esto escribe.
Reflexionaba sobre el “destape” que “yo creo se va a dar entre septiembre y noviembre por lo que hay que estar preparados”.
El bien recordado por su “Veracruz primero y siempre” debió haber sido el candidato presidencial, el dedazo, sin embargo, sería en favor de Colosio.
Gutiérrez Barrios no era del equipo y no era muy querido en los entretelones del poder que escondía a José Córdoba, Manuel Camacho y Patricio Chirinos que fueron quienes abonaron a su caída.
Y sí, ¡se cayó!
Con él se vino abajo el sistema.
El popular y acreditado gobierno de Salinas se derrumbaría ¿provocado por el propio don Fernando?… Es un enigma por resolver.
El punto es que 1994 ya con candidato en la calle y Fernando en su casa, México amanece con una brutal noticia, la insurgencia zapatista.
En demanda de libertad, justicia y mejoras para los pueblos indígenas y campesinos de Chiapas y todo México, el comandante Marcos se levanta en armas –con rifles de madera- conmocionando al mundo.
Un patrocinio de Hank González de 10 millones de pesos y el montaje de la escalada insurgente de parte de un estratega en inteligencia llevaron a los desposeídos chiapanecos a la convulsión social, al despertar del México bronco.
Luego el magnicidio.
El asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas. Luego la muerte “accidental” del Cardenal Posadas en el aeropuerto de Guadalajara. En paralelo el asesinato del propio cuñado de Salinas, José Francisco Ruiz Massieu.
Los brotes guerrilleros de los remanentes de la “23 de septiembre” y el caos nacional.
México se sumió en el desorden total en donde, por supuesto, hubo manos ocultas.
Era la Nomenklatura la que daba una demoledora lección al arrogante Carlos Salinas quien en la total ingenuidad encaminó la sucesión a un pretendido perpetuamiento si dejaba el poder a Ernesto Zedillo.
Craso error.
Ya con el poder en las manos, el tibio ex secretario de Educación Pública y Coordinador de la campaña de Colosio, Ernesto Zedillo, ungido como Presidente de la República. la emprendería contra su antecesor, lo exiliaría a Irlanda y metería a la cárcel a su hermano Raúl Salinas.
¿Quién estuvo atrás de todo el tinglado?
De don Fernando se han dicho muchas cosas. Lo han ligado incluso con el magnicidio del siglo, el de John F. Kennedy, ya que era –según sus biógrafos chafa- era agente de la CIA, el famoso “Litempo 4”.
¿Mentira o verdad?
La verdadera historia de Fernando Gutiérrez Barrios jamás se ha escrito, ni contado a cabalidad, pero está por escribirse por el autor de esta columna el año próximo en el marco del centenario de su nacimiento.
Pero regresando al legado, lo indiscutible fue que don Fernando sirvió a siete presidentes de México. Inobjetable que fue el centinela de la república, el hombre más informado, el político inescrutable, el mismo que se llevó los grandes secretos de estado a la tumba y quien sirvió al sistema con lealtad en las reglas que en ese tiempo imponía la gobernabilidad.
Era un estilo de gobernar muy personal y deificado que llevó al país a la idolatría con sus presidentes y al juicio de la historia cuando dejaron de serlo.
Fernando Gutiérrez Barrios fue tan amado como temido. Sirvió a la república por más de cinco décadas. Fue el mas celoso guardián de la seguridad nacional y el que no tuvo de otra que plegarse a lo que en su momento se llamó la «Razón de Estado».
Hoy don Fernando al paso del tiempo sigue presente siempre recordándonos que “gobernar exige experiencia, serenidad y vocación; gobernar es sobre todo tener la mirada y el oído alertas, gobernar es oficio superior que no pueden desempeñar los improvisados y mucho menos los improvisados soberbios”…
O improvisadas… ¡como otra!
Tiempo al tiempo.
*Premio Nacional de Periodismo
