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ALMA GUILLERMOPRIETO RETRATA AMÉRICA LATINA

Agencia Reforma

Ciudad de México 17 septiembre 2026.- Alma Guillermoprieto publica ‘Esta improbable tierra prometida’, una compilación de textos sobre los males que aquejan a América Latina.

Tal es la respuesta a la que Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949), emblemática voz del periodismo latinoamericano con más de cuatro décadas de trabajo en el territorio a cuestas, llega a propósito del auge de nuevas dictaduras y movimientos de ultraderecha a lo largo de la región.

«Porque (la violencia) es radical. Y, entonces, en momentos de gran confusión, como es toda la historia nuestra, lo radical es apetecible. ‘Vamos a acabar con estos hijos de la chingada de una vez por todas'», explica en entrevista la reportera septuagenaria, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018.

«Eso es lo que ha llevado a Bukele al poder (en El Salvador); eso es lo que ha llevado a De la Espriella al poder en Colombia ahora. No pregona la violencia tanto Milei, pero él en sí es violento. Y tenemos, sobre todo, a este vecino, que es la violencia personificada, que es Donald Trump».

En Esta improbable tierra prometida (Debate), su tercer y más reciente compilado de crónicas, Guillermoprieto incluye un texto sobre la invasión sorpresa a Venezuela a inicios de año por parte de Estados Unidos para extraer y encarcelar a Nicolás Maduro, lo cual, estima, dejó un precedente; «si se hizo, es que se puede hacer, y echar marcha atrás de eso es difícil», advierte.

De María Corina Machado, líder de la oposición conservadora venezolana y Nobel de la Paz 2025, escribió en el artículo publicado en El País Semanal a finales de enero que «fue valiente, pero también ingenua si creía que, por solicitar la invasión de su propio país, se iba a ganar la gratitud del invasor».

En cuanto a las intenciones de Trump, es tajante: «Yo no creo que esté pensando en hacer el bien; yo pienso que es un psicópata que está interesado en aumentar su poder y aumentar el peso de su ego en el mundo», atiza Guillermoprieto desde una pequeña sala en las oficinas de Penguin Random House, al Poniente de la Ciudad.

«Y pienso que México, por ejemplo, no es tan vulnerable. Porque México es un ‘paisote’, en primer lugar; ya perdió casi la mitad de su territorio a Estados Unidos en una guerra anterior; el sentimiento nacionalista es muy fuerte, y tiene un Ejército que no es el Ejército de corruptos y traficantes que tenía Maduro, que obviamente fueron comprados», prosigue, con un reconocimiento hacia la Presidenta Claudia Sheinbaum por plantarse en contra de la amenaza intervencionista.

«Creo que Sheinbaum ha sido muy inteligente frente a la rifa del tigre que le tocó; no es fácil y no cualquiera. Y, en ese sentido, la compadezco y le deseo que le vaya muy bien».

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El título de su último libro está tomado de un texto que Guillermoprieto publicara en National Geographic, en 2018, sobre el proceso de paz en Colombia -en cuya capital radica desde hace unos años-, narrando la atroz masacre de la pequeña comunidad El Salado a manos de los narcoparamilitares; «reunieron a los habitantes y obligaron a las familias a ver cómo torturaban y asesinaban a sus parientes», señala.

«Quería dejar claro que yo escribo sobre lo que genera la violencia, lo que queda después de la violencia y lo que hay detrás de la violencia. Y detrás de la violencia está una inmensa voluntad de los latinoamericanos de salir adelante», comparte la reportera sobre el título de este volumen recopilatorio de su trabajo en publicaciones como The New Yorker o The New York Review of Books, entre otras.

«Escribí en el texto (sobre El Salado, incluido en el libro) que ellos quieren volver a su improbable tierra prometida, con esa idea de siempre, no sólo sobrevivir, sino seguir adelante con esperanza».

Historias de América Latina en este siglo lleva por subtítulo el volumen por cuyas páginas desfilan personajes como Marcial Maciel, «cura bígamo, pederasta, drogadicto y plagiario»; Daniel Ortega y Rosario Murillo, «decrépita pareja» al frente de Nicaragua; Evo Morales, «el redentor fracasado de Bolivia», y hasta Joaquín «El Chapo» Guzmán, «el narcotraficante más notorio del mundo».

La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el asesinato de periodistas en México, la violencia por parte de las maras en El Salvador y hasta el bufonesco reality show de Hugo Chávez en Venezuela, también integran lo que bien podría ser un muestrario de los principales males que han aquejado a Latinoamérica; «son fotografías de los diferentes momentos de su historia», apunta Guillermoprieto.

Mas no sólo «De demonios y dolor» o «De gobernantes y rebeldes» se compone el libro, pues su autora también quiso incluir un apartado sobre «Héroes» y uno de «Belleza y fe», para ilustrar aquello que da ánimos en medio de tan convulso panorama, como la gastronomía mexicana, a la que Diana Kennedy, de quien la reportera escribió en 2011, abocó su vida.

«Lo que a mí me da ánimos para seguir es la belleza y la comida, en la medida en que es la oportunidad para compartir con nuestros congéneres la alegría. Los latinoamericanos tenemos esa característica de que, mientras podamos reunirnos a comer, todo es de colores más bonitos», opina Guillermoprieto.

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Además de Óscar Romero, arzobispo que durante sus servicios leyera en voz alta las atrocidades cometidas por el Gobierno salvadoreño, y que fuera acribillado en 1980, en el capítulo de «Héroes» figura Javier Valdez, periodista sinaloense asesinado en 2017 en el ejercicio de su profesión.

¿Hay algo heroico en ejercer este oficio bajo la amenaza que supone hacerlo en buena parte del País?

Yo diría que, normalmente, no, pero que excepcionalmente, sí.

Me preguntaban que por qué tan pocos héroes, pues porque no es fácil ser héroe. También una parte de la definición clásica del héroe, yo diría, es que termina muerto; y son muy pocas las excepciones.

Yo hubiera querido mucho que Javier Valdez no fuera héroe, porque otro elemento también es que los héroes saben que la muerte los está acechando. Eso es una característica de Javier, y fue una característica de Monseñor Romero.

La propia Guillermoprieto no ha estado libre de riesgos en su quehacer como reportera, sobre todo en Centroamérica; «era peligrosísimo; estar en El Salvador era muy peligroso», remarca antes de rememorar una anécdota vivida al lado del fotógrafo mexicano Pedro Valtierra en Nicaragua, donde la reportera comenzó su carrera a finales de la década de los 70 cubriendo la revolución sandinista para The Guardian.

«Veníamos de Masaya, que era centro de la insurrección; nos bajaron y a Pedro lo aventaron al piso y le apuntaron con la ametralladora. Y a mí me quisieron aventar, pero afortunadamente yo, cuando me asusto, me da mucha rabia. Sí, pasaban esas cosas, claro. De repente la ametralladora aquí (se señala la boca del estómago) de un pobre niño imbécil. Es lo que toca, es lo que toca».

Pese a ello, jamás cruzó por su mente volver a las tablas, habiéndose formado como bailarina en los estudios neoyorquinos de Martha Graham, Merce Cunningham y Twyla Tharp, antes de partir hacia La Habana para enseñar danza.

«(Alguna vez) trabajé como intérprete simultánea, y sí consideré mucho durante muchos años regresar a eso. Porque era una vida normal, tranquila, se ganaba más o menos, muchísimo mejor que como reportera, obviamente. Tenía yo una vida bonita antes de que la dinamitara», expresa la Premio Princesa de Asturias, una distinción que sólo habían recibido dos mujeres antes que ella: la filósofa María Zambrano y la fotógrafa Annie Leibovitz, y que luego recaería en la escritora Gloria Steinem y en la historietista Marjane Satrapi.

«(Pero) yo tenía una absoluta necesidad de que el mundo supiera lo que estaba pasando (.) Una sensación que a mí sí me impulsaba mucho era: ‘Si no lo hago yo, ¿quién?; si no lo hago, ¿cómo me voy a respetar a mí misma?'», continúa, enfática en cuanto a que los periodistas «somos la historia, hacemos la historia, por eso hacemos tanta falta también».

Llegó a Nicaragua, en 1978, «sin tener idea de lo que estaba haciendo», recuerda. «Lo único que quería era ver una revolución que, por alguna razón, muchos intuimos desde el primer momento iba a triunfar. Muchos llegamos ahí por ese motivo. Y qué suerte».

En ese momento, su principal escuela sería el trabajo de los fotoperiodistas que generosamente la acogieron en ese momento, como la estadounidense Susan Meiselas.

«Mi aprendizaje del periodismo fue: ‘Si no te acercas, no consigues la foto’. Entonces (.) yo iba a los lugares y tomaba la foto con mis ojos, y luego trataba de escribir la foto. Ésa fue mi disciplina», detalla quien cultivara un estilo de periodismo narrativo con un talento nato para la escritura, pero que también se nutría de su robusta afición lectora.

Frente a la controversia que recién desató un escrito de Pablo Ferri en El País sobre el asesinato de Jonathan Samuel Meléndez Ochoa junto con su familia en un departamento de Atizapán de Zaragoza, en específico por unas líneas en las que narra desde la mirada del niño que fuera el único sobreviviente, Guillermoprieto lo defiende como «un ejercicio imaginativo» válido; «me parece que fue un intento de acercar a los lectores lo verdaderamente horrendo de ese caso», apunta.

¿Usted dónde marca ese límite entre lo que se puede y lo que no?

Yo creo que los principios éticos que marca el periodismo estadounidense son diferentes. En América Latina y en España se permiten arrebatos románticos, que pueden ser, quizás, obviamente subjetivos como el texto de Pablo, pero que no interfieren con la verdad. Yo creo que ese intento de colocarse en el lugar del niño, que a mí me parece válido, no me lo hubieran permitido a mí en el New Yorker. Pero eso no le quita validez.

El ampliamente celebrado periodismo de Guillermoprieto no renuncia a la subjetividad desde la que está hecho, y también se ocupa de hacer evidente su postura frente a lo que está reportando «como un recurso de honestidad», a decir suyo; «no existe la objetividad, no existe la verdad absoluta», sostiene.

«Ese niño puede razonablemente haber sentido lo que dice Pablo. Pero yo y tú y tú, salimos de este cuarto con tres versiones muy diferentes de lo que ocurrió aquí; y yo quiero que eso se sepa: Que yo estoy dando el relato más verídico posible de lo que yo vi. Punto.

«Todos estos textos son autobiográficos, inevitablemente», subraya sobre Esta improbable tierra prometida.

¿El periodismo es también una forma de conocerse a uno mismo?

Ojalá. Si somos exigentes con nosotros mismos, sí, es una manera de conocernos.

Pero también yo creo que el gran peligro, y no sólo de los reporteros, sino de las personas idealistas, por ejemplo, que entran a un Gobierno porque piensan que van a servir al bien común, es que se van permitiendo mentirse a sí mismos; no al público, no a los lectores, a sí mismos. Ése es un peligro enorme, (lo hacen) para estar más a gusto, para no pasarla tan mal. Y es difícil hacer ese ejercicio todos los días de decir: «¿En qué fallé?». «¿Qué no salió como yo hubiera querido?».

¿El periodismo la despojó de esas fantasías que alguna vez dijo tener en su juventud?

Una de las cosas tristes de la edad es que vamos perdiendo la capacidad de soñar, ¿no?, y de tener fantasía sobre, no sé… Yo hubiera podido ser una gran cantante de blues, por inventar una fantasía.

O una gran bailarina.

Bueno, eso ya tenía mucho más que ver con la realidad. Pero así, ese sueño libre nos lo quita la edad. Y la reportería quizá nos va enseñando más sobre nuestras virtudes, en mi caso, por lo menos, que yo no me hubiera reconocido ninguna virtud. Y a través de los años digo: «Ah, bueno, pues tampoco».

A veces yo tengo que leer un artículo mío para convencerme de que yo soy capaz de hacer algo bueno, porque estoy completamente frenada y no logro hacer lo que yo quiero. Entonces, digo: «No, yo hice, yo sé que yo hice un texto bueno».

Desde hace varios años, Guillermoprieto había externado su preocupación por el devenir del periodismo en la era del Internet; «eso lo empecé a decir en el 2000, 2001, cuando todo el mundo decía la siguiente imbecilidad: ‘La información quiere ser libre’. Y yo decía: ‘Pero los reporteros queremos comer'», evoca, lamentando el cierre de varios periódicos a los que las redes sociales les ganó la partida.

¿Qué piensa que le depara al oficio a la luz de la incipiente Inteligencia Artificial?

Yo creo que, a corto plazo, el periodismo que conocemos, y la reportería y los reporteros que hemos sido, van a desaparecer porque no existirán más las condiciones. A largo plazo, se hará tan evidente que el mundo no puede mantenerse informado así, que los empresarios no pueden manejar sus empresas sin información verídica, de primera mano, verificable, subjetiva incluso; los políticos no pueden tampoco hacer sus campañas sin saber realmente lo que está ocurriendo; que las sociedades y las familias quieren saber cómo es el mundo. Va a ser tan patente que hacemos una falta tremenda, que a largo plazo soy muy optimista.

Guillermoprieto presentará Esta improbable tierra prometida el próximo 30 de septiembre en la librería El Desastre (San Francisco 233, Colonia del Valle), al lado de Enrique Díaz Álvarez. La cita es a las 19:00 horas.