Ciudad de México 11 agosto 2026.- Sumar años es para Guadalupe Loaeza siempre una experiencia dispar, como ella misma lo ha contado en la columna que cultiva en este diario desde 1993, cuando se fundó.
Le parecía injusto cumplirlos mientras la pandemia de Covid-19 los arrebataba indiscriminadamente a los jóvenes, y no quería ni acordarse de a cuántos llegaba cuando, a causa de un tumor neuroendócrino del hígado, por poco y no llega.
El cumpleaños más triste que pasó, la vez que cumplió 18 y nadie en casa la festejó pues ni se acordaron siquiera, terminó con una sonrisa porque su hermano Enrique le regaló La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell. Y el obsequio más bonito que ha recibido es una jacaranda que sus tres hijos trajeron de los viveros de Valle de Bravo.
Ahora recibe los 80 con ánimo jovial. «Qué bueno que llegué al mundo el 12 de agosto de 1946», publicó en la víspera de este aniversario. Lo es así, según comparte en entrevista la escritora y periodista, por las numerosas gratificaciones acumuladas a lo largo de estas ocho décadas.
«Count your blessings, dicen en inglés, y yo tengo muchas bendiciones, muchas cosas por qué estar agradecida con la vida», recalca quien enumera entre algunas de ellas a sus tres hijos; seis nietos; «un marido adorable», el médico Enrique Goldbard; 43 libros, con uno más a publicarse en septiembre próximo, y hasta la Legión de Honor, máxima condecoración que otorga el Gobierno de Francia.
«No me puedo quejar, recibo estos 80 años con gusto. Me siento muy afortunada», subraya la autora de títulos como Las niñas bien (1985), Compro, luego existo (1992) y La comedia electoral (2009).
¿Ha podido hacer todo lo que ha querido?
Yo creo que sí, incluyendo el divorcio (su separación del empresario francés Xavier Antoni, padre de sus hijos), que tuvo sus costos, como cualquier divorcio, pero yo quería liberarme de algo que no me hacía feliz.
En estas ocho décadas, pues he aprendido mucho. Cada vez soy más curiosa y, sobre todo, me quiero más que antes.
Sobre si hay algo de lo que se arrepienta, a bote pronto responde: «Ay, no haber hecho dinero, porque sigo igual de pobre», y ríe apenas termina de decirlo.
Tras meditarlo por unos segundos, viene a ella su «gran frustración», que es no haber ido a la universidad. «No haber estudiado Letras, no haber sido académica», enuncia.
«Porque empecé a trabajar a los 16 años, como recepcionista en una empresa de fotocopiadoras que se llamaba Burmester, para ayudar en mi casa», explica la séptima de los nueve hijos concebidos por Enrique M. Loaeza Garay, abogado, maestro, diplomático y cofundador del PAN, y la francófila Dolores Tovar Villa-Gordoa, «Doña Lola».
«Parece de telenovela todo, pero es que así fue. Fue mi destino».
Al crecer en esa familia, recuerda Loaeza, la competencia era muy dura. Poco ayudaba el que Doña Lola se refiriera a sus hijos con etiquetas: «Soledad, mi hermana, una gran politóloga, era la intelectual; Enriqueta era la audaz; Natalia era la guapa.», relata la autora, sobre quien pesó tener que ser «la simpática».
«Entonces, tenía que caer en gracia y ser la graciosa. (.) En fin, teníamos que, de alguna manera, cumplir con las expectativas de mi madre», prosigue.
«Con Soledad no se equivocaron en lo absoluto, fue becada siempre, no le costaba a mis padres porque se sacaba 10 de todo. Yo era la reprobada, la expulsada, la floja, la distraída, era la dispersa. Entonces, nunca me imaginé que iba a ser escritora y que iba a tener éxito. Nunca me programé ni me programaron para eso; si buscaba trabajo, tenía que ser de recepcionista, pero nada más».
Su inclinación por la escritura no es algo que en casa se haya valorado del todo. «Mi padre me decía: ‘No te vayas a creer Simone de Beauvoir'», ríe Loaeza de nuevo al rememorarlo.
«Fue con el tiempo. (Aunque), todavía hasta la fecha, en la familia no me dan el crédito».
Sin concesiones
De Doña Lola, Guadalupe Loaeza escribiría alguna vez que no tenía pelos en la lengua, y que se metió en muchos líos por decir a los cuatro vientos su verdad, la cual frecuentemente no correspondía con la de los demás.
¿Cree haber heredado eso de su madre?
No, no, yo soy mucho más diplomática, mucho más tolerante; en ese sentido, más generosa. Respetuosa. Porque a mi mamá le valía, sus códigos eran los suyos, y nada más. No era nada convencional.
Loaeza sí se reconoce, no obstante, burlona e irónica; «y eso me ha costado, cómo no».
Algunos de sus escritos le han valido reclamos y llamados de atención lo mismo de lectores que de personajes como el diplomático Bernardo Sepúlveda Amor o del legislador Manuel Camacho Solís. Y es sabido que amistades le retiraron el habla, tachándola de «traidora de clase», por sus crónicas sobre la alta burguesía, a la que ha retratado como «ridícula, cursi y mediocre».
En tiempos de la llamada Cuarta Transformación, contra la que Loaeza suele escribir, fue despedida de manera arbitraria de Mexiquense Televisión tras 14 años de trabajar como conductora, primero del programa Domicilio Conocido y luego al frente de Déjà Vu.
«Tiene sus costos ser auténtico, respetarse en sus ideas; no hacer concesiones», afirma la autora, cuya postura crítica hacia la Presidenta Claudia Sheinbaum hizo que Elena Poniatowska, su amiga y «maestra de toda la vida», diera por terminada esa amistad.
«Me dice: ‘Cada vez que hablas mal de la Presidenta, de Claudia Sheinbaum, me clavas un puñal en el corazón’. Le dije: ‘Pero, Elenita, si aprendí de ti; ¿dónde están los contrapesos y dónde está la libertad de expresión? Siempre he sido de la oposición. Entonces, ¿por qué me dices eso ahora?'».
¿Se ha podido retomar el vínculo?
Traté ahora, que voy a festejar los 80 años, traté de invitarla a mi fiesta (sin éxito). Ella me dijo: «Aquí se rompió una taza y cada quien a su casa», después de una amistad de casi 40, 50 años.
Cuando ella cumplió 90, le mandé los mariachis con Las Mañanitas; y, a pesar de eso, me cortó porque no estoy de acuerdo con la Presidenta.
¿Alguna vez se autocensura?
Bueno, tengo que filtrar. Me decía un amigo o una amiga, ya no recuerdo quién: «Guadalupe, qué bárbara, cuentas todo». Pero sí he aprendido a ser un poquito más cuidadosa.
